Muchos autores compartieron la intuición fundamental que Platón heredó de la escuela pitagórica: hay algo musical en el cosmos y algo cósmico en la música. Todo amante de la música sabe intuitivamente que ésta encarna una cierta verdad, pero pocos llegan hasta el punto de obedecer a esta intuición y buscar la verdad por el camino de la música. Este bello texto, pertenece a un canónigo, escritor, pianista, musicólogo y compositor alemán, Friedrich Hugo von Dalberg (1760 - 1812).
En el éter inmenso por encima de las estrellas, Urania domina y gobierna con cetro de oro el giro de las esferas: la noche silenciosa y el joven día se regocijan con la magia de su voz melodiosa. A su requerimiento, la congregación femenina de las Horas comienza su danza suavemente alada, la melodía solemne de la creación suena en los coros antifonales, resuenan las cuerdas de la lira celestial, y un millar de voces armoniosas repiten como un eco el himno sublime. No sólo la escala celestial, sino también el reino de la moral está colocado bajo su ley; todos los seres son tonos de la sinfonía universal, tonos individuales que un Espíritu que todo lo une, primordial, crea, ordena y afina, y que gracias a su agradable canto pueden realzar la armonía del todo.
Mucho tiempo estuvo nuestra tierra privada de la alegría de la canción. En los primeros días de su nacimiento, apenas escapados del caos, los hijos primogénitos de los hombres vagaron, luchando con los elementos, en un estado de salvajismo indómito. Sin moral ni leyes, apenas percibían al Dios que los había creado; desconocedores, burdos, el habla de estos salvajes no era sino un tartamudeo infantil; sentimientos como piedad, buena voluntad y amor permanecían sin desarrollar en sus corazones, pues la batalla brutal y saciar las necesidades animales constituían las únicas ocupaciones de los primeros habitantes de la Tierra.
Entonces Urania miró compasivamente los tristes valles de la Tierra; vio la angustia de la raza recién creada, escuchó sus suspiros y sus gritos de aflicción, y, conmovida, habló al Padre de los dioses:
«Divino Zeus, ¿no enviarás consuelo o alivio a la nueva raza? Créeme, se hundirá en la brutalidad al nivel de los animales salvajes, y los hombres se destruirán; sólo por la magia del canto pueden sus almas suavizarse, y sus hábitos volverse más delicados».
«¡Hija! —contestó Júpiter—, también a mí me sorprende la condición de los hombres a los que Deucalión, a mi requerimiento, creó a partir de la tierra estéril; te enviaría a ti como diosa tutelar, pero tus tonos son demasiado nobles para sus almas no instruidas. Mnemósine, la madre divina, les enviará como maestra a una de tus hermanas, engalanada con todos los encantos de la belleza, con toda la magia del canto y con la amabilidad de su semblante.»
Y Polimnia, la cantante amable, fue elegida para la misión, acompañada por tres hermanas jóvenes de las Musas: Poesía, Mimo y Danza. El coro celestial bajó a la tierra sobre una nube ligera y fue saludado como una maravilla del cielo.
Mediante la música, en hermoso compañerismo con la poesía, el teatro y la danza, el espíritu maternal de Mnemósine enseñó primero a la ruda humanidad a conocerse a sí misma y a su mundo, su origen y el objetivo de su ser; al despertar en el corazón de los hombres sentimientos de amor, buena voluntad y decoro, transformó a las criaturas rudas y feroces en seres morales, que trabajan en pos de un objetivo. Sus pasiones fueron purificadas; su gusto por la virtud, acrecentado. A través de la música y la poesía se enseñó por primera vez a la humanidad a honrar a los dioses, a sus antepasados y a la patria que los albergaba con cantos solemnes y conmovedores, y a impartir igual valor y firmeza a las generaciones futuras.
Así pues, Polimnia fue la benefactora de la humanidad, y todavía lo es. Mientras Urania dirige la música de los seres espirituales y las esferas superiores, la hermana más joven enseña a los habitantes de la Tierra con canciones apaciguadoras. Purifica sus costumbres, imprime sentimientos tiernos en su corazón, y mientras con tonos celestiales transporta sus almas de la esfera terrenal a las regiones superiores, madura el espíritu de la humanidad que conoce su origen divino para empezar a percibir los cantos de Urania: para seguir en las regiones superiores el ritmo de una música más noble que la que nunca se haya escuchado en la Tierra.