Los estoicos sostuvieron la doctrina de la ekpirosis, según la cual Dios forma el mundo y después lo reabsorbe y consume en su propio seno en una conflagración universal donde todo arde. Existe una eterna repetición de creaciones y destrucciones del universo. Este es el equivalente en la metafísica de la moderna noción cosmológica del Big Crunch (Gran Implosión o Gran Colapso), un desarrollo del Big Bang. Según esta teoría —que al igual que los estoicos postula un universo finito o cerrado—, la expansión del universo se va frenando paulatinamente debido a la fuerza gravitatoria causada por la densidad, y le sigue una contracción en la que todos sus elementos se van acercando hasta que la materia vuelve a comprimirse en la llamada singularidad espacio-temporal, un punto de densidad inimaginable anterior a la Gran Explosión (Big Bang). Si la Gran Explosión y la Gran Implosión se producen repetidamente se da un modelo de Universo Oscilante, en el que sucesivos universos terminan en este gran colapso y originan un universo nuevo con otro estallido. Esta teoría cosmológica de vanguardia es la que sostenían, con un lenguaje distinto, los estoicos antiguos. La conflagración universal es el equivalente de la Gran Implosión.
Esta visión de los recurrentes nacimientos y destrucciones del universo se completa con la idea de que cada universo es idéntico al anterior: todo sucede exactamente igual, una y otra vez: todos los seres particulares, todos los hechos se producen idénticamente. No hay combinaciones o posibilidades distintas, todo vuelve tal como fue. Veintidós siglos después de los primeros estoicos, un pensador alemán recuperó esta concepción abismal. A principios de agosto de 1881, en la población alpina suiza de Sils-Maria, «¡a 6000 pies por encima del mar y de las cosas de los hombres!», Friedrich Nietzsche tuvo la revelación cósmica del eterno retorno de todas las cosas, en la que vio un tiempo recurrente, un universo en el que todo ha sucedido ya y volverá a suceder exactamente igual, en el que cada ser volverá a vivir y a hacer y a pensar y sentir lo mismo para toda la eternidad.
Los estoicos fueron los primeros en concebir esta idea cíclica del devenir cósmico, en la que Dios, la razón universal y la providencia se identifican con el Hado (Fatalidad, Destino) en una estructura de determinismo universal: todo está determinado, no existe la contingencia, el azar, la posibilidad de hechos fortuitos. Hay una causalidad férrea por la que unos hechos producen necesariamente otros hechos, y creer en la contingencia solo es posible si se ignoran las causas de los efectos: el azar es una causalidad oscura para la razón humana. Pero cualquier hecho no causado minaría la cohesión del universo, lo cual, según el modelo monista estoico, es impensable. Para comprender esta causalidad universal, este determinismo, los estoicos desarrollaron su compleja lógica, que había de vincular el pensamiento individual con el orden de los sucesos cósmicos.
El sabio percibe que hay un propósito divino inmanente en este universo recurrente, que lo rige para bien del conjunto: que este es el mejor de los mundos posibles. (Esta idea la retomará Leibniz en el siglo XVII, desde una perspectiva cristiana, y la rebatirá con sarcasmo Voltaire en Cándido, o el optimista.) Se trata, como puede advertirse, de una teología optimista, que percibe una physis dotada de logos, un universo y un mundo con sentido. La regularidad de los fenómenos naturales, la recurrencia de las estaciones, la belleza y la finalidad perceptibles en el mundo natural son demostraciones manifiestas de la racionalidad universal.
El optimismo metafísico tendrá que responder siempre a la pregunta sobre el mal: ¿por qué existe el mal en el universo? El mal o dolor físico se justifica por el bien: ambos forman un binomio u oposición en la que cada término presupone como correlato al otro, la existencia o inexistencia de uno implica la existencia o inexistencia de su par, por lo que si hay bien en el mundo tiene que haber mal físico: la capacidad de sentir placer implica la capacidad de sentir dolor. En cuanto al mal moral, los estoicos lo justifican con la tesis de que las acciones, los hechos, no son en sí buenos ni malos, sino indiferentes, y que lo que les confiere significación moral es la intención de quien las realiza. La intención humana puede ser buena o mala, y aquí también se da la implicación mutua de contrarios, como en el orden físico: mal y bien se requieren el uno al otro. Crisipo argumenta incluso que el mal hace destacar más el bien en el universo. En rigor, si los hombres poseyeran el conocimiento completo de todos los hechos físicos y morales, comprenderían que lo que su entendimiento limitado capta como malo es un bien en el orden general de las cosas. He aquí el optimismo absoluto, que se niega a atender a todas las alegaciones del pesimista. Con estas argumentaciones los estoicos inauguraron la teodicea, o teología natural, la rama de la filosofía dedicada a demostrar racionalmente la existencia de Dios.