“En cuanto al descenso mismo, en el cual el alma cae del cielo hasta las regiones inferiores de esta vida, he aquí el orden en que se desarrolla. El círculo de la Vía Láctea abraza al Zodíaco rodeándolo con el giro de una órbita oblicua, de tal manera que lo cruza por donde el Zodíaco porta los dos signos tropicales, Capricornio y Cáncer. Los físicos los llamaron las «puertas del Sol», porque en uno y otro signo, el solsticio impide al Sol, cortándole el paso, proseguir su marcha y le hace regresar al trayecto de una zona, cuyos límites jamás abandona. Es creencia que por esas puertas pasan las almas del cielo a la tierra y regresan de la tierra al cielo. También reciben el nombre, una de «puerta de los hombres», la otra de «puerta de los dioses»: Cáncer el de «puerta de los hombres», porque por aquí se realiza el descenso a las regiones inferiores; Capricornio, el de «puerta de los dioses», porque por allí regresan las almas a la mansión de su inmortalidad y al número de los dioses."
“… cuando el alma es arrastrada al cuerpo, en esta primera prolongación de sí misma empieza a experimentar un tumulto salvaje, esto es, la hýle (materia), afluyendo sobre ella. Y esto es lo que Platón observó en el Fedón, que el alma, cuando es arrastrada hacia el cuerpo, se tambalea por causa de una ebriedad desconocida, queriendo insinuar que el alma bebe por primera vez el aluvión de la materia de la cual se impregna y se hace pesada durante el descenso.”
“… ahora bien, ésta es la hýle que, plagada de ideas impresas, formó todo el cuerpo del mundo que vemos por todas partes. Pero la parte más elevada y pura de esta materia, aquella de la cual los seres divinos se alimentan o están constituidos, se llama néctar y pasa por ser la bebida de los dioses; en cambio, la parte inferior y más turbia es la bebida de las almas, y es la que los antiguos llamaron río Lete, el río del Olvido".
“…a los cuerpos terrestres se hace descender al alma misma y por ello se cree que está muerta, cuando es encerrada en una región perecedera y en la sede de la mortalidad. No te inquietes si, a propósito del alma, que decimos que es inmortal, nombramos tantas veces a la muerte. Y, en verdad, el alma no se extingue con su propia muerte, sino que queda enterrada por algún tiempo, y esta sepultura temporal no le priva del privilegio de su eternidad, cuando de nuevo libre del cuerpo, una vez que se limpió completamente del contagio de los vicios y mereció ser purificada, es restituida a la luz de la vida eterna y restablecida en su integridad.”